Meditación Cristiana

El Momento Presente

Nos pasa con frecuencia a todos: Dios a menudo nos parece ausente. Es porque no estamos realmente en el aquí y el ahora. Nos pasamos la mayor parte de nuestra vida encerrados entre pensamientos del pasado y sueños sobre el futuro. Pensar en el pasado alimenta sentimientos de arrepentimiento, nostalgia, melancolía o culpa. Vivir en el futuro genera rápidamente ansiedad, temor y preocupación. Nada de esto, por supuesto, nos ayuda a conseguir la paz.

Pasado y futuro son construcciones de nuestra mente. Entre ambos, se encuentra el momento presente, que es la Realidad Absoluta. El momento presente es el que vivimos en nuestra meditación, es infinitamente pequeño y por eso infinitamente espacioso. Al empezar a meditar, con la ayuda del mantra o palabra sagrada MA-RA-NA-THÁ, despejamos el camino y atravesamos con esa palabra los pensamientos pasados y futuros, dejando paso a un estado libre de pensamientos, la realidad del aquí y el ahora: que es el momento de Cristo. Solo en ese momento presente podremos encontrarnos con Dios-Padre.

Vivir el momento presente es un arte que tiene lugar en nuestra vida diaria. Por esta razón, la vida ordinaria es la mejor escuela para la meditación. Esta disciplina diaria nos enseña a ver a Dios en el aquí y en el ahora. Sin necesidad de identificarlo con la religión, con el templo, con la sinagoga, la mezquita o con el ritual.

 

MEDITACION CRISTIANA

En la tradición cristiana, la meditación también es llamada la oración del corazón, oración contemplativa. Tienes curiosidad por saber cómo se practica esta forma de oración. Vamos a revisarlo brevemente, veamos los tres elementos básicos para practicarla: silencio, quietud, simplicidad.

Para estar en silencio hay que buscar un lugar tranquilo y escoger, o sea decidir, el momento para hacerlo. Los momentos ideales para meditar cada día son temprano en la mañana y temprano en la noche. A mí me ha costado definirlo, después de muchos intentos estoy claro que si no la hago al levantarme y lo voy dejando para más tarde, es seguro que no encuentro el tiempo, y lo mismo me sucede en la tarde. El sitio fue más fácil, me siento cómodamente en un sofá situado en mi cuarto que es a esa hora silencioso, lejos del teléfono, con el móvil apagado por supuesto y para  que no estés pendiente del  tiempo, contrólalo con un reloj temporizador  de cocina o el despertador del móvil.

En esas condiciones puedo permanecer tan quieto como me es posible. La quietud es un paso importante para no centrarse en uno mismo, ayuda a dejar ir los deseos corporales que se nos van presentando: rascarse la cabeza, moverse, toser….intentar dejarlos ir, cada vez un poco más allá, para dejar de centrarse en uno.

La simplicidad implica un aprendizaje. Dejar ir todos nuestros pensamientos, imágenes, ideas, planes, emociones, en otras palabras vaciarnos y entrar a la meditación simples y tranquilos. Lo primero que vamos a descubrir es nuestro ruido interior: recuerdos, sueños, parloteos, planes, ansiedad. ¿Cómo hacemos para lograr esa simplicidad? Hay una tradición sencilla utilizada por la cristiandad desde sus comienzos y consiste en escoger una palabra sagrada o mantra y repetirla durante todo el tiempo de la meditación. Yo escogí, como recomiendan los iniciadores de la meditación cristiana, la palabra en arameo MA- RA- NA- THÁ, este fue el lenguaje hablado por Jesús y sus discípulos. Este mantra significa Ven Señor Jesús. Así, repitiendo la palabra durante todo el tiempo de la meditación, silenciosamente, interiormente en nuestro corazón, escuchándola con atención mientras la repetimos, es que vamos desplazando nuestro ruido interior.

Sin embargo, pronto nos daremos cuenta que, a pesar de tener la intención y de empezar a repetir el mantra en la forma señalada, en pocos segundos vienen las distracciones en forma de pensamientos, imágenes, todo tipo de cosas. Al percatarnos de esta distracción lo que hay que hacer es volver a retomar nuestro mantra, y esto no es más que volver a la simplicidad  que nos propusimos una y otra vez que nos encontremos distraídos.

Resumiendo, voy a meditar en silencio y para eso me siento cómodo, relajado y quieto. Con la espalda derecha para estar alerta y no dormirme y con los ojos cerrados. Si estoy muy tensa, la preparación puede comenzarse con algunos ejercicios de relajación o respiraciones profundas. Poner la atención en la respiración, es una manera práctica de evadir los pensamientos para algunos. John Main decía que la meditación es tan natural al espíritu como la respiración al cuerpo. Igualmente algunos pueden sentirse más cómodos sentándose en un cojín o banquillo o aun en el suelo, siempre con la espalda recta, eso sí.

Te recomiendo que tus meditaciones diarias comiencen por 20 minutos e ir progresivamente subiendo, cuando lo decidas y sientas así, hasta los 30 minutos. Dos veces al día, temprano antes del desayuno, y temprano antes de la cena.

El camino de la meditación es un viaje, una peregrinación, requiere disciplina y compromiso. Es simple, pero no es fácil.

Podemos evaluar la importancia que le damos a algo por el tiempo que  estamos dispuestos a dedicarle.  Cuánto más tiempo le dedicamos a algo, más evidente resulta la relevancia y el valor que tiene para  nosotros.

El tiempo es el  regalo más preciado que tenemos porque es limitado.

Podemos producir más dinero, pero no más tiempo.  Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción  de nuestra vida que nunca podremos recuperar.  El mejor regalo que le  puedes dar a alguien es tu tiempo.

El mejor regalo es dar tu concentración, tu atención total.  La postergación es aceptable para lo trivial, pero no para entrar a la presencia de Dios.  La mejor expresión del Amor es el tiempo.  El mejor momento para amar es hoy.

Medita 30 minutos dos veces al día – todos los días de tu vida.  Recita  tu palabra sagrada – Ma- ra -na- thá  durante esos 30 minutos.  Si llegan pensamientos, con suavidad, regresa de nuevo a repetir tu  palabra.  Dila intensa y amorosamente, pero no pienses en su  significado.  La Palabra se arraigará en tu mente, en tu corazón y en todo tu ser.

Cómo meditar

  • Siéntate.
  • Colócate con la espalda erguida.
  • Cierra ligeramente tus ojos.
  • Siéntate relajado y quieto pero alerta.
  • En silencio, en tu interior comienza a decir una única palabra.
  • Recomendamos la oración “Ma ra na thá”.
  • Recítala como cuatro sílabas de idéntica longitud.
  • Escúchala mientras la pronuncias, suave pero incesantemente.
  • No pienses o imagines cosa alguna, ya sea espiritual o de otra naturaleza.
  • Si llegan los pensamientos o  imágenes,  son distracciones en el momento de la meditación,  de modo que vuelve simplemente a pronunciar la palabra.
  • Medita cada mañana y cada  tarde entre veinte y treinta minutos

PARA TENER EN CUENTA

“Porque en El vivimos, nos movemos y existimos”. (Hechos 17:28)

“Dios está más cerca de nosotros que nosotros mismos” «interior intimo meo et superior summo meo» (Confesiones, III, 6, 11).

« “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”

Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él.  Nosotros sabemos cuánto nos ama Dios y hemos puesto nuestra confianza en su amor. Dios es amor, y todos los que viven en amor viven en Dios y Dios vive en ellos; (1 Juan 4:16)

“Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te recompensará”. (Mateo 6:6)

La celda interior de Sta. Catalina de Siena. Hay una invitación apremiante, por parte de Catalina, al orientar al creyente, a “adentrarse en la celda interior”, en la interioridad y profundidad de nuestro ser. Sólo allí somos conscientes de lo que somos y vivimos, y somos capaces de reconocer los sentimientos, ideas y emociones que nos habitan. Allí comprendemos: Quiénes somos, quién es Dios, y quién es el prójimo para el creyente.

El camino hacia la contemplación descrito por Juan de  la Cruz, consiste en la ATENCION AMOROSA A DIOS, o como dice en otro lugar, en la advertencia amorosa pasiva. (LI III, 34)

Esta advertencia amorosa es  a la vez un escuchar hacia dentro. Dios está dentro de nosotros, “el centro del alma es Dios”, (LI, 12) dice Juan de la Cruz

¿Cómo, pues, yo, que efectivamente existo, pido que vengas a mi, si, por el hecho de existir, ya estás en mí? Porque yo no estoy ya en el abismo y, sin embargo, tú estás también allí. Pues, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Por tanto, Dios mío, yo no existiría, no existiría en absoluto, si tú no estuvieras en mí. O ¿será más acertado decir que yo no existiría si no estuviera en ti, origen, guía y meta del universo? También esto, Señor, es verdad. ¿A dónde invocarte que vengas, si es­toy en ti? ¿Desde dónde puedes venir a mi? ¿A dónde puedo ir fuera del cielo y de la tierra, para que desde ellos venga a mi el Señor, que ha dicho: No lleno yo el cielo y la tierra? – Confesiones (X, 27, 38)

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